miércoles, 10 de marzo de 2010

Rastros del miedo

No tenía nada a los veinte años. Recuerdo no haber tenido nada, nada que puediera considerar realmente mío. Viajaba ligera, como dirían algunos. Me recuerdo a esa edad, a los veinte, ligera y feliz, sin demasiadas expectativas ni previsiones calculadas. Y me sorprende. Me sorprende la persona que fui, colmada de certezas, armada de lo único que te sabe armar la carencia: de valor. Me deslumbra sobre todo esa absoluta ausencia de temor.
Debió ser ese estado exquisito de desposeción en el que el tiempo fluye a los veinte años.
Debió ser esa embriagadora sensación que da la ausencia de temor lo que me animó a saltar.
Sólo así se explica ese salto suicida al vacío, a su infinito. Sólo así se entiende la ceguera necia frente a la experiencia del dolor, del duelo. Sólo así, esa abstrusa inexistencia de miedo.

El miedo debe ser algo que viene después, con los años, con el rastro pestilente de pertenencias reales o ficticias que nos van dejando.

A los veinte años yo aún no tenía nada, tampoco miedos.
Y era embriagador