miércoles, 10 de marzo de 2010

Rastros del miedo

No tenía nada a los veinte años. Recuerdo no haber tenido nada, nada que puediera considerar realmente mío. Viajaba ligera, como dirían algunos. Me recuerdo a esa edad, a los veinte, ligera y feliz, sin demasiadas expectativas ni previsiones calculadas. Y me sorprende. Me sorprende la persona que fui, colmada de certezas, armada de lo único que te sabe armar la carencia: de valor. Me deslumbra sobre todo esa absoluta ausencia de temor.
Debió ser ese estado exquisito de desposeción en el que el tiempo fluye a los veinte años.
Debió ser esa embriagadora sensación que da la ausencia de temor lo que me animó a saltar.
Sólo así se explica ese salto suicida al vacío, a su infinito. Sólo así se entiende la ceguera necia frente a la experiencia del dolor, del duelo. Sólo así, esa abstrusa inexistencia de miedo.

El miedo debe ser algo que viene después, con los años, con el rastro pestilente de pertenencias reales o ficticias que nos van dejando.

A los veinte años yo aún no tenía nada, tampoco miedos.
Y era embriagador

domingo, 28 de febrero de 2010

diario de la agonía

un día, después de los cuarenta, mirándome al espejo descubrí que había muerto. Fué un descubrimiento simple, casi accidental, como el percatarse de pronto que algo habitual en tu bolso se ha perdido. La mujer que al otro lado del espejo me devolvía la mirada era una mujer muerta, sin vida, el rostro enjuto, la piel yerta, el gesto desencajado, la mirada vacía. Al fondo de esos ojos hundidos en la profundidad de unas cuencas oscuras, ya no había nada, tan solo una oquedad infinita extendiéndose hacia la nada de un horizonte desierto.