martes, 1 de abril de 2008

Formas de morir

Tarde o temprano en la vida, todos elegimos formas de morir. Esperanza eligió la suya siendo aún demasiado joven para todo, para discernirlo, para valorarlo, para gozarlo, para algún día evocarlo, para apreciar la libertad contenida en ese acto, la única libertad que conoció, la de decidir cómo quería morir: el cuerpo pudriéndosele por dentro, los pulmones carcomidos resumando a través de los alveolos un hábito eterno, sentada en un sillón desvencijado frente a un ventana desierta abierta a la grisura de una ciudad moribunda en un doceavo piso, sola, y sí, desde luego, fumando un último cigarro. Me imaginé siempre que ella moriría así. Muy en el fondo, detrás de tanta alegría simulada, de tanta locuacidad y tanta palabrería vana, ella se había también imaginado a sí misma de esa manera, sola y vieja, muriendo al cabo de muchos años de dar batalla, indómita y rebelde hasta el final de sus días, exhalando la última bocanada. Durante muchos años compartimos la vida a la distancia, o tal vez deba decir que compartimos la elección de nuestras muertes, porque la vida no es sueño, es la muerte la que es un sueño, soñamos cómo queremos morir, y la vida es sólo un instrumento de ese sueño. Esperanza hablaba y reía siempre porque quería poblar ese camino hacia su muerte de un millón de risas y arrancarle todos los llantos como se arrancan los pétalos a una margarita. Entre risa y palabra mediaba siempre entre sus labios la consabida espiración de su eterno cigarro, húmea y pérfida, horadando sobre los endebles epitelios respiratorios su cancerígeno destino elegido. La última vez que la escuché reía como siempre, entre bocanada y bocanada. También lloraba. Tenía treinta y cinco años y en la sonora risa con la que conjuraba las desgracias y desafiaba las condenas pude distinguir el sollozo reprimido durante tanto tiempo de contener la ira, de simular las alegrías, de mantener atada al rostro la careta lacerante de la felicidad. Me llamó desde las fauces de esa ciudad bestial que diez años atrás la había comenzado a devorar. Llevaba tres días bebiendo. Bebiendo y fumando sin reparar en el tiempo. Me dijo que se sentía sola, hundida en la inmensidad de un océano salvaje de soledad. Sola como sólo se puede estar sola en una ciudad abarrotada hasta el hartazgo de humanidad. También me dijo que estaba vacía, que tanta miseria humana había acabado por corroerla y se sentía finalmente acabada, exhausta, podrida y hueca. Reteniendo todavía en los pulmones el último golpe de su cigarro me confesó con la voz quebrada que lo lamentaba, lamentaba la farsa, el empeño, el abandono, la soledad. Lamentaba también no haber conocido hasta ese momento la maternidad. Hubo un silencio largo después. A través del auricular sólo escuché una exhalación profunda y demorada mientras me imaginaba el humo denso saliendo de sus labios delgados, como un manto extendido hacia el abismo de la nada. Esa noche después de colgar el teléfono, decidió que era momento de evaporar esos tres días de tristezas destiladas, bajo el chorro refrescante del agua. Apagó la última colilla de cigarro y tiró en el fregadero los residuos vinosos de la botella que había estado sosteniendo en la mano. Después se desnudó y se metió al baño. El agua fría cayendo a goterones sobre la cara le despejó la bruma densa de tantas horas de depresión y lentamente le fue devolviendo la claridad a la mente y la risa de siempre a las palabras. En algún momento dio la vuelta sobre sí para sentir la frescura del agua sobre la espalda, sus pies descalzos resbalaron sobre el mosaico mojado y sus aún adormecidos reflejos la traicionaron cuando tambaleando trató de sujetar manos y brazos de algún lado. Cayó entera al piso, la nuca de lleno contra el filo que en el piso separaba la ducha del resto del baño. Murió en el acto, el cuerpo desnudo y abatido sobre el piso bajo el chorro impasible del agua, el mosaico pálido tiñéndose lentamente del rojo oscuro y rutilante de su sangre. Fuera del baño, en la salita desierta del departamento, sobre la mesa de centro humeaba todavía la colilla del último cigarro.
Esa misma noche, mientras trataba de conciliar el sueño, a cientos de kilómetros de esa sala y ese cigarro, pensaba en la tristeza de Esperanza. Me consolaba la idea de que ella y yo teníamos un pacto sin palabras. En nuestro pacto ella había elegido morir de las consecuencias de un hábito con el que mitigaba la angustia de haber venido al mundo, vieja y sola, después de haber vivido todas las edades a su entero juicio y albedrío. Pero para eso faltaban aún muchos años...

miércoles, 27 de febrero de 2008

Vote antes de morir

Estoy ahí, nuevamente, en el sueño repetido. Esta vez hay más confusión. Fuera de la fila gente corre hacia todas partes atemorizada. Hay humo y basura en grandes pilas amontonada sobre las aceras, también breves explosiones aquí y allá, sobre la carretera. Un gran contingente de autos y gente se ve venir desde la lejanía, a decenas de metros de donde estamos. De un enorme camión negro al centro del contingente emerge la voz monocorde de una propaganda. Desde donde estoy no alcanzo a distinguir las palabras del mensaje que se repite mecánicamente a través de los altavoces sujetos al camión, solo sé que algo se dice, es una propaganda. Otros autos también negros anteceden y siguen al camión de los altavoces. Cientos de hombres uniformados en camisas y pantalones negros y ostentando armas aparatosas protegen el convoy de autos que avanza lentamente. Por las ventanillas oscurecidas y a penas abiertas del camíón salen volando por el aire montones de papeles blancos impresos con un nombre y una fotografía. Van cayendo sobre las aceras grises inundándolas a los pies de los traunséuntes que las miran con indiferencia. Nadie los recoge, nadie lee el nombre escrito con letras grandes y rojas, nadie tampoco repara en el rostro de sonrisa impostada de la fotografía. Es el mismo rostro que aparece en grandes carteles pegados a los costados del camión y los numerosos autos que conforman el convoy: es un hombre, cabello artificialmente rubio, perfectamente recortado, mirada irónica, sonrisa congelada. Debajo de la fotografía se leen en gruesas letras rojas estas palabras: VOTE AHORA Urrutia.

Cuando el camión finalmente se acerca al sitio desde donde observo la ecena puedo distinguir el mensaje que emite sin pausa el altavoz: -Vote ahora por Urrutia para alcalde, él garantiza que se abrirán nueve casetas más de muerte voluntaria en el resto de la ciudad. Vote ahora, ANTES DE MORIR.

lunes, 25 de febrero de 2008

Miseria humana

El odio debe estar contenido en pequeñas moléculas, como las moléculas de bióxido de carbono, las de agua o las de los aminoácidos. Muchas de estas moléculas juntas deben formar un compuesto mayor: "la rabia". Dentro del cuerpo la rabia, a la manera de las proteínas importantes como la hemoglobina, debe viajar iracunda contenida en la sangre que recorre y comunica rincones del organismo. Este gran compuesto protéico, la rabia, debe también tener, como cualquier otro, mecanismos intrínsecos de regulación, factores de liberación, receptores celulares, factores de inhibición. Muchos de estos factores se sintetizarán y liberarán en el cerebro, como es de suponer. Una mañana, sin previo aviso, la región del cerebro que los regula podrá enfermar, como cualquier otra del cuerpo, o simplemente dejar de funcionar. Entonces el odio empezará a brotar de las células como el agua al centro de un manantial, y sin factores de restricción disponibles, todo ese torrente de odio conformará un gran caudal de rabia circulando sin control a través de la sangre desde su nido en el cerebro hasta la célula más recóndita del cuerpo invadiendo de una marea incontenible de ira cada sustrato, cada tejido, cada nervio, cada músculo, cada territorio virgen e inmaculado del gesto. Ese día el grito largamente contenido se desatará con toda la vehemencia de ese caudal de moléculas ardientes quemando en las entrañas durante tantos años, y el puño de carne y desprecio macizo se vaciará finalmente, sordo, frenético, desquiciado, asesino...
...sobre el rostro desconcertado de algún inocente desprevenido.

jueves, 21 de febrero de 2008

sueño atávico

Tengo un sueño repetitivo desde hace más de diez años. En mi sueño camino por las calles grises de una ciudad nublada y fría. Todos a mi alrededor corren o caminan de prisa con los rostros descompuestos y una sensación de angustia inaudita en el modo de mirar y andar que se transmite. El ambiente es caótico y angustiante, pareciera que hay una conmoción general y nadie sabe muy bien qué hacer. Todos se dirigen a un sitio varias cuadras más allá de donde alcanzo a ver. Cuando me acerco al lugar veo una muchedumbre agitada en torno a lo que parece una caseta de lámina gris. A la puerta de la caseta hay una fila infinita de personas de todas las edades, de todas las apariencias, de todas las estirpes sociales. Uno a uno van introduciéndose en la caseta cerrando tras de sí la puerta. Ninguno sale de ella. Los rostros de los que entran son comunes, gente corriente como la que habita cualquier rincón del mundo. Sólo los distingue la forma en la que miran, como si no miraran, como si el mundo ya no estuviera delante de ellos, como si dentro de sus ojos y sus cuerpos ya no existiera indicio de vida, como si se hubieran vaciado y por dentro estuvieran huecos. Me acerco a una mujer de cabellos cenizos y descoloridos que camina con nerviosismo hacia un lado y hacia otro a unos metros de la muchedumbre que rodea la caseta. Le pregunto qué está pasando. Ella me mira a través de la transparencia de unos ojos verdes, cristalinos y crispados, y parece que no entiende mi pregunta:
-¿Qué no lo sabe?
Cuando hace esta pregunta me mira casi con terror, como si algo en mi apariencia le resultara absolutamente insoportable.
-Ésta es la única "caseta de muerte voluntaria" que funciona el día de hoy- logra murmurar entre dientes la mujer -Han clausurado las otras seis que funcionan en toda la ciudad.
Después se marcha con premura hacia donde termina la inmensa fila que aguarda turno para entrar en la caseta.
Los que se arremolinan empujándose unos a otros junto a la caseta empiezan a jalonearse y a lanzar golpes y patadas sin sentido al centro de la muchedumbre. Parece que alguien ha querido meterse en la fila. Hay gritos ahogados y gruñidos confusos. Yo sigo caminando a lo largo de la fila. Miro con asombro y curiosidad indisimulada las caras vacías de los que aguardan su turno en la fila. Todos parecen jóvenes pero la piel de sus caras está seca, agrietada, como si algo les hubiera ido carcomiendo la vitalidad durante años. No puedo dejar de mirarlos. Nadie me devuelve la mirada. Una marea de tristeza muy honda me va invadiendo mientras recorro con la mirada esas caras. En un punto de mi recorrido distingo un rostro que me deja petrificada de espanto. Es mi rostro, estoy ahí, recargada sobre un muro ennegrecido por el humo de los autos, esperando mi turno para entrar en la caseta, la piel de mi cara está seca y desgastada, no hay vida en mi mirada, tengo el pelo ralo y cenizo, me cubre la cara. Cada vez que la fila avanza arrastro mis pies hacia delante, con ellos también el resto de mi cuerpo desarticulado y hueco.
Lentamente, la fila hacia delante se reduce...