Estoy ahí, nuevamente, en el sueño repetido. Esta vez hay más confusión. Fuera de la fila gente corre hacia todas partes atemorizada. Hay humo y basura en grandes pilas amontonada sobre las aceras, también breves explosiones aquí y allá, sobre la carretera. Un gran contingente de autos y gente se ve venir desde la lejanía, a decenas de metros de donde estamos. De un enorme camión negro al centro del contingente emerge la voz monocorde de una propaganda. Desde donde estoy no alcanzo a distinguir las palabras del mensaje que se repite mecánicamente a través de los altavoces sujetos al camión, solo sé que algo se dice, es una propaganda. Otros autos también negros anteceden y siguen al camión de los altavoces. Cientos de hombres uniformados en camisas y pantalones negros y ostentando armas aparatosas protegen el convoy de autos que avanza lentamente. Por las ventanillas oscurecidas y a penas abiertas del camíón salen volando por el aire montones de papeles blancos impresos con un nombre y una fotografía. Van cayendo sobre las aceras grises inundándolas a los pies de los traunséuntes que las miran con indiferencia. Nadie los recoge, nadie lee el nombre escrito con letras grandes y rojas, nadie tampoco repara en el rostro de sonrisa impostada de la fotografía. Es el mismo rostro que aparece en grandes carteles pegados a los costados del camión y los numerosos autos que conforman el convoy: es un hombre, cabello artificialmente rubio, perfectamente recortado, mirada irónica, sonrisa congelada. Debajo de la fotografía se leen en gruesas letras rojas estas palabras: VOTE AHORA Urrutia.
Cuando el camión finalmente se acerca al sitio desde donde observo la ecena puedo distinguir el mensaje que emite sin pausa el altavoz: -Vote ahora por Urrutia para alcalde, él garantiza que se abrirán nueve casetas más de muerte voluntaria en el resto de la ciudad. Vote ahora, ANTES DE MORIR.