miércoles, 27 de febrero de 2008

Vote antes de morir

Estoy ahí, nuevamente, en el sueño repetido. Esta vez hay más confusión. Fuera de la fila gente corre hacia todas partes atemorizada. Hay humo y basura en grandes pilas amontonada sobre las aceras, también breves explosiones aquí y allá, sobre la carretera. Un gran contingente de autos y gente se ve venir desde la lejanía, a decenas de metros de donde estamos. De un enorme camión negro al centro del contingente emerge la voz monocorde de una propaganda. Desde donde estoy no alcanzo a distinguir las palabras del mensaje que se repite mecánicamente a través de los altavoces sujetos al camión, solo sé que algo se dice, es una propaganda. Otros autos también negros anteceden y siguen al camión de los altavoces. Cientos de hombres uniformados en camisas y pantalones negros y ostentando armas aparatosas protegen el convoy de autos que avanza lentamente. Por las ventanillas oscurecidas y a penas abiertas del camíón salen volando por el aire montones de papeles blancos impresos con un nombre y una fotografía. Van cayendo sobre las aceras grises inundándolas a los pies de los traunséuntes que las miran con indiferencia. Nadie los recoge, nadie lee el nombre escrito con letras grandes y rojas, nadie tampoco repara en el rostro de sonrisa impostada de la fotografía. Es el mismo rostro que aparece en grandes carteles pegados a los costados del camión y los numerosos autos que conforman el convoy: es un hombre, cabello artificialmente rubio, perfectamente recortado, mirada irónica, sonrisa congelada. Debajo de la fotografía se leen en gruesas letras rojas estas palabras: VOTE AHORA Urrutia.

Cuando el camión finalmente se acerca al sitio desde donde observo la ecena puedo distinguir el mensaje que emite sin pausa el altavoz: -Vote ahora por Urrutia para alcalde, él garantiza que se abrirán nueve casetas más de muerte voluntaria en el resto de la ciudad. Vote ahora, ANTES DE MORIR.

lunes, 25 de febrero de 2008

Miseria humana

El odio debe estar contenido en pequeñas moléculas, como las moléculas de bióxido de carbono, las de agua o las de los aminoácidos. Muchas de estas moléculas juntas deben formar un compuesto mayor: "la rabia". Dentro del cuerpo la rabia, a la manera de las proteínas importantes como la hemoglobina, debe viajar iracunda contenida en la sangre que recorre y comunica rincones del organismo. Este gran compuesto protéico, la rabia, debe también tener, como cualquier otro, mecanismos intrínsecos de regulación, factores de liberación, receptores celulares, factores de inhibición. Muchos de estos factores se sintetizarán y liberarán en el cerebro, como es de suponer. Una mañana, sin previo aviso, la región del cerebro que los regula podrá enfermar, como cualquier otra del cuerpo, o simplemente dejar de funcionar. Entonces el odio empezará a brotar de las células como el agua al centro de un manantial, y sin factores de restricción disponibles, todo ese torrente de odio conformará un gran caudal de rabia circulando sin control a través de la sangre desde su nido en el cerebro hasta la célula más recóndita del cuerpo invadiendo de una marea incontenible de ira cada sustrato, cada tejido, cada nervio, cada músculo, cada territorio virgen e inmaculado del gesto. Ese día el grito largamente contenido se desatará con toda la vehemencia de ese caudal de moléculas ardientes quemando en las entrañas durante tantos años, y el puño de carne y desprecio macizo se vaciará finalmente, sordo, frenético, desquiciado, asesino...
...sobre el rostro desconcertado de algún inocente desprevenido.

jueves, 21 de febrero de 2008

sueño atávico

Tengo un sueño repetitivo desde hace más de diez años. En mi sueño camino por las calles grises de una ciudad nublada y fría. Todos a mi alrededor corren o caminan de prisa con los rostros descompuestos y una sensación de angustia inaudita en el modo de mirar y andar que se transmite. El ambiente es caótico y angustiante, pareciera que hay una conmoción general y nadie sabe muy bien qué hacer. Todos se dirigen a un sitio varias cuadras más allá de donde alcanzo a ver. Cuando me acerco al lugar veo una muchedumbre agitada en torno a lo que parece una caseta de lámina gris. A la puerta de la caseta hay una fila infinita de personas de todas las edades, de todas las apariencias, de todas las estirpes sociales. Uno a uno van introduciéndose en la caseta cerrando tras de sí la puerta. Ninguno sale de ella. Los rostros de los que entran son comunes, gente corriente como la que habita cualquier rincón del mundo. Sólo los distingue la forma en la que miran, como si no miraran, como si el mundo ya no estuviera delante de ellos, como si dentro de sus ojos y sus cuerpos ya no existiera indicio de vida, como si se hubieran vaciado y por dentro estuvieran huecos. Me acerco a una mujer de cabellos cenizos y descoloridos que camina con nerviosismo hacia un lado y hacia otro a unos metros de la muchedumbre que rodea la caseta. Le pregunto qué está pasando. Ella me mira a través de la transparencia de unos ojos verdes, cristalinos y crispados, y parece que no entiende mi pregunta:
-¿Qué no lo sabe?
Cuando hace esta pregunta me mira casi con terror, como si algo en mi apariencia le resultara absolutamente insoportable.
-Ésta es la única "caseta de muerte voluntaria" que funciona el día de hoy- logra murmurar entre dientes la mujer -Han clausurado las otras seis que funcionan en toda la ciudad.
Después se marcha con premura hacia donde termina la inmensa fila que aguarda turno para entrar en la caseta.
Los que se arremolinan empujándose unos a otros junto a la caseta empiezan a jalonearse y a lanzar golpes y patadas sin sentido al centro de la muchedumbre. Parece que alguien ha querido meterse en la fila. Hay gritos ahogados y gruñidos confusos. Yo sigo caminando a lo largo de la fila. Miro con asombro y curiosidad indisimulada las caras vacías de los que aguardan su turno en la fila. Todos parecen jóvenes pero la piel de sus caras está seca, agrietada, como si algo les hubiera ido carcomiendo la vitalidad durante años. No puedo dejar de mirarlos. Nadie me devuelve la mirada. Una marea de tristeza muy honda me va invadiendo mientras recorro con la mirada esas caras. En un punto de mi recorrido distingo un rostro que me deja petrificada de espanto. Es mi rostro, estoy ahí, recargada sobre un muro ennegrecido por el humo de los autos, esperando mi turno para entrar en la caseta, la piel de mi cara está seca y desgastada, no hay vida en mi mirada, tengo el pelo ralo y cenizo, me cubre la cara. Cada vez que la fila avanza arrastro mis pies hacia delante, con ellos también el resto de mi cuerpo desarticulado y hueco.
Lentamente, la fila hacia delante se reduce...